Abasto (o cuento de navidad)
Sólo a mi. A mi puede ocurrírseme ingresar al Abasto (chópin) en vísperas de navidad. Caminar como un zombi bajo un techo encapotado por guirnaldas y lucecitas verdes y rojas y esquivar nieve de cartón, muñecos de Papá Noel y personas con racimos de bolsas que no paran de ramificarse. Y a medida que avanzo entre la gente sentirme más y más extraña. Un poco insecto flotando en el agua, agitando las alas, las patas, luchando. Con algo como un zumbido permanente u otra cosa que no sé bien qué es pero se parece a no saber nada de una. Los hilos cortados. Las raíces arrancadas. Y esta sensación de tener que hundir las manos en la tierra para buscar, no sé, algo. Entonces, flotar. Llegar hasta el mostrador detrás del cual una chica de sonrisa impostada te vende una entrada de cine y te pregunta si querés agregar, por tres pesos, un paquete de confites de chocolate y, aunque le decís que no, te agradece la visita y te desea, de todo corazón, que disfrutes la película. La sala oscura y prácticamente vacía, iluminada sólo por la luz centelleante que se proyecta sobre la pantalla. Dejarme comer. Ser tragada. Desaparecer. Un rato. Después, y a pesar de que la película no me pareció gran cosa, durante los últimos cinco minutos, soltar desde vaya a saber qué recóndito lugar, un sollozo incontenible. Seguramente relacionado con ese final en el que se escuchan las risas en off de dos niños a los que primero no se ve y luego entran a cuadro relativamente fuera de foco. Dos niños que vienen a representar la sanación. O algo con respecto a la soledad y al tiempo y el dolor. Salir, impregnada de ese estado particularmente narcótico que caracteriza a los primeros segundos fuera de la sala de cine y notar que el estómago reclama porque me olvidé de almorzar. Entrar a Yenny y convertirme en una más, por qué no, por qué no yo, y elegir un libro de Isol para llevarle de regalo a Frany cuando vaya a buscarla a la playa. Hacer la cola y todo eso. Ahora yo también tengo mi bolsita. Salgo a la calle y empiezo a caminar por corrientes, a pleno sol, disfrutando al principio del calor que se deposita en la piel y desentumece los músculos ateridos por el aire acondicionado del shóping. Voy en busca del negocio que vende lonas. Extraña fascinación la que me produce ese negocio. Las veces que, volviendo de la escuelita, me paré a mirar esa vidriera –Lonas, estamos hablando de lonas y de toldos- como si fuera una vidriera del Soho. Me doy el gusto, pues, de entrar. Y de comprar tres metros de tela acrílica y resistente, con el firme propósito de reparar por fin las reposeritas un tanto curtidas por el sol y la lluvia que habitan arrumbadas en la terraza. El hombre que me atiende tiene serios problemas motrices. Serios en serio. Un hilo de baba se le escapa por la comisura de la boca y camina arrastrando los pies y moviendo las manos sin control. Sin embargo, mide eficientemente los metros de tela, corta y cobra. Cuando saco la billetera de la cartera se le pierde la mirada hacia la vereda. Yo extiendo los billetes frente a él, pero no lo nota. Cuando por fin repara en mi, me pide perdón y me explica que vio un grupo de hombres sospechosos –el en realidad no duda en llamarlos “chorros”- y que en unos meses la cantidad de robos en el barrio fue alarmante. Que ahí ya entraron a robar cuatro veces y, acto seguido, pasa a relatarme con lujo de detalles el episodio ocurrido días atrás en la pinturería de al lado, en el cual parece que ataron a un tipo y lo torturaron –por puro placer, dice- además de robarle todo lo que tenía en la caja. Creo que me pongo pálida y miro hacia la vereda yo también. Me dice que no me preocupe, que ya se fueron. Aguardo el vuelto, lo saludo, y vuelvo caminando hasta mi casa sin dejar de mirar para todos los costados y sobresaltándome ante cualquier transeúnte que pase a mi lado. Maldito espástico. Antes de llegar paso por el video club. Elijo una selección de películas para mi programa de noche buena. Wenders, Bergman y una comedia con Sarah Jessica Parker.
5 comentarios:
no es la única ex, no es la única. la vispera me obligó a una excursion por un zara concurridisimo. y cuánto niño suelto.
Una mas que se suma a esa fobia de shopping pre-navideña, cuales de wenders y bergman?
Ay, risueño, así que andabamos a la misma hora y por el mismo canal...
Le cuento, nucífora: La de Wenders: la última. (No la terminé). De Bergman: Escenas de la vida conyugal. Una joshita.
Igmar te amoooooooo!!
Si va a beber no conduzca
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